Alex Cabrera: el cuerpo como trinchera, escenario y territorio de resistencia

En sus autorretratos, Alex Cabrera pone en escena una masculinidad entendida como papel aprendido, como gesto repetido, como escena que el cuerpo ha tenido que interpretar. Entre símbolos religiosos, cultura pop, objetos cotidianos, humor, violencia y vulnerabilidad, su obra construye un campo visual donde el cuerpo deja de obedecer y empieza a hablar.

Con esta publicación, Plataforma RARA abre una serie de notas dedicadas a los proyectos seleccionados en su convocatoria. El primer acercamiento es al trabajo de Alex Cabrera, artista y fotógrafo nacido en Veracruz, México, en 1988, cuya práctica se despliega desde el autorretrato, la performance fotográfica y una investigación sostenida sobre el cuerpo, la masculinidad, la memoria y la identidad.

En las imágenes de Cabrera, el cuerpo no aparece como una presencia estable. Es altar, disfraz, evidencia, simulacro, trinchera. A veces está expuesto, casi entregado. Otras veces se arma con machetes, paraguas, rosarios, animales, tijeras, fondos brillantes, telas florales o escenarios deliberadamente artificiales. Cada imagen parece decir que la masculinidad no es una esencia, sino una escena que se repite hasta cansar. Un libreto aprendido. Un vestuario obligatorio. Una actuación que, en algún momento, empieza a fallar.

“La idea de este proyecto nace de una búsqueda constante de esos deseos ocultos y malestares silenciosos e inquietantes que me atraviesan y que me permiten reconocerme simultáneamente como actor, espectador y fotógrafo en un diálogo constante”, dice Cabrera. Esa triple posición atraviesa toda la serie: quien mira, quien posa y quien construye la imagen son, al mismo tiempo, una misma persona y muchas posibles versiones de sí.

Para el artista, la masculinidad ha sido un eje recurrente en sus proyectos fotográficos. En ella reconoce heridas inscritas en el cuerpo, marcas que han ido forjando su identidad presente. Pero también encuentra allí un campo de disputa. “Reconocer la noción de masculinidad y ese ‘deber ser hombre’ dentro de mi núcleo familiar fue el primer paso para comenzar a desmontar los mandatos y prohibiciones que, desde la infancia, fui incorporando casi sin darme cuenta”, señala. En ese gesto de desmontaje aparece una de las claves más potentes de su obra: el cuerpo propio como territorio de reflexión, resistencia y desobediencia.


El mandato de ser hombre

El trabajo parte de una pregunta central: ¿qué pasa cuando el cuerpo deja de obedecer el guión que se le impuso?

Cabrera entiende el “deber ser hombre” como una forma de control que ha condicionado su experiencia desde la infancia. Se trata de una trama que moldea gestos, emociones, silencios, modos de ocupar el espacio y formas de relacionarse con el deseo. “Es un mandato que no solo define comportamientos, sino que moldea gestos, emociones y silencios”, afirma. 

Sus autorretratos se preguntan qué sucede cuando esa masculinidad normativa se quiebra, se disfraza, se oculta o se exhibe de otra manera. Allí donde el mandato exige firmeza, Cabrera introduce sensibilidad. Donde se espera control, aparece el exceso. Donde se supone virilidad, él construye teatralidad, artificio, humor, incomodidad. “Entiendo esa masculinidad normativa como una especie de libreto impuesto que he tenido que interpretar a lo largo de mi vida. Este proyecto busca tensionar ese papel, desmontarlo y, en algunos casos, reescribirlo desde mi propia experiencia y vulnerabilidad”.

La serie no se queda en el plano íntimo, aunque parte de allí. Su fuerza está justamente en convertir una experiencia personal en una pregunta colectiva. El cuerpo de Cabrera habla de sí, pero también de muchos otros cuerpos atravesados por la exigencia de demostrar, resistir, callar, pertenecer. “Me interesa abrir una conversación sobre las fragilidades, los silencios y las contradicciones que atraviesan la experiencia masculina, para evidenciar que el cuerpo no es únicamente un lugar de fuerza o control, sino también de vulnerabilidad, memoria y transformación”.

Veracruz, el machismo y el cuerpo vigilado

El contexto de origen del artista es una dimensión fundamental para comprender la densidad política de su obra. Cabrera proviene de un lugar pequeño al norte del estado de Veracruz, en México. Se reconoce como un hombre homosexual que creció en un territorio donde el cuerpo puede convertirse en un espacio vigilado.

“En ese contexto, el cuerpo se percibe como un territorio vigilado, un espacio que no siempre puede habitarse libremente debido a las múltiples expectativas de poder que lo atraviesan: el machismo, la homofobia y la violencia estructural ligada al crimen organizado y al narcotráfico”, explica.

Desde allí, la masculinidad aparece como una experiencia situada. Las imágenes condensan heridas sociales, familiares y culturales. La idea de “ser hombre” se vincula con una estructura de poder que regula los cuerpos, pero también con una amenaza constante sobre aquello que se aparta de la norma. En sus palabras, la masculinidad y el “ser hombre” han dejado heridas abiertas que transforman su percepción del cuerpo, del espacio y de la pertenencia.

Por eso, en muchos de sus autorretratos, el cuerpo parece estar al borde de algo: del desborde, del ocultamiento, de la entrega, de la desaparición. Cabrera menciona también la problemática de las desapariciones forzadas en México como una presencia dolorosa que late todos los días y que, de algún modo, atraviesa el proyecto. “Me interesa trabajar desde esa tensión entre lo que permanece y lo que se pierde, entre lo que puede nombrarse y aquello que se nos prohíbe decir o incluso sentir”.

Autorretratarse, entonces, no es solo producir una imagen de sí. Es insistir en la propia existencia. Es decir: estoy acá. Este cuerpo existe. Esta identidad existe. Esta fragilidad también tiene derecho a ocupar una vida y una imagen.

En la obra de Cabrera, lejos de reducirse a una búsqueda de reconocimiento inmediato o a una afirmación narcisista, el autorretrato se convierte en una herramienta de despersonalización. Cada imagen le permite al artista desplazarse de sí mismo para ensayar otros rostros, otras posturas y otros modos posibles de habitar el cuerpo. 

“La describiría como una experiencia profundamente enriquecedora y, al mismo tiempo, confrontativa. Cada autorretrato se convierte en una oportunidad para reinventarme: para despersonificarme, desplazarme de mí mismo y performar el cuerpo desde otros rostros, otras posturas y otras posibles identidades”, dice.

Esta dimensión performativa es central. En sus fotografías, Cabrera no solo posa: actúa, exagera, cita, parodia, se contradice. Sus gestos dialogan con la iconografía religiosa, la cultura pop, el melodrama, la moda, el humor visual y cierta tradición del retrato escenificado. La imagen se construye como una escena cargada de objetos y símbolos, pero también como un laboratorio donde se prueba hasta dónde puede estirarse una identidad antes de romperse.

En Devoción, por ejemplo, el cuerpo desnudo aparece frente a una imagen religiosa, sosteniendo flores azules. Hay entrega, cansancio, exposición, pero también una inversión del lugar de lo sagrado. El cuerpo vulnerable no queda fuera del altar: lo ocupa. En Don’t call me Gaga, la iconografía pop se mezcla con la devoción religiosa: paraguas, rosario, libro, fondo brillante y una camiseta que convierte a una estrella pop en figura casi mística. Allí el humor no alivia la tensión, la vuelve más filosa.

En El portador del símbolo, el animal sobre la cabeza parece actuar como peso, corona y amenaza. El cuerpo desnudo, inclinado, se vuelve soporte de una presencia que lo excede. En El llanto invisible, el traje, el saludo y las lágrimas rojas adheridas al rostro construyen una imagen de disciplina quebrada: una solemnidad que no puede contener aquello que se filtra.

“Los elementos que utilizo son fundamentales dentro de ese proceso. Muchas veces conceptualizo a partir de objetos cotidianos y busco desplazarlos hacia contextos donde se sientan ‘incorrectos’ o fuera de lugar. Ese gesto genera una tensión entre lo que el cuerpo expresa y lo que el objeto condiciona; entre los factores externos que me atraviesan y la manera en que se inscriben en mi corporalidad”.

El uso de telones de fondo es otro elemento clave. Cabrera no intenta ocultar la artificialidad del escenario. Al contrario, la subraya. Los fondos de teléfonos, flores, cascadas, brillos o patrones saturados funcionan como simulacros de mundo. Son escenarios que se ofrecen como realidad, pero se revelan como construcción. Ese gesto dialoga directamente con la idea central del proyecto: si el fondo es una ficción visible, la masculinidad también puede serlo.

“El uso de telones de fondo funciona como un simulacro de realidad. Los escenarios que construyo evidencian su propia artificialidad, del mismo modo que los roles masculinos que interpreto se revelan como construcciones frágiles, siempre a punto de desmoronarse”, explica.

En esa fragilidad aparece una lectura crítica sobre los símbolos de poder. Tradicionalmente, la masculinidad se valida a través de objetos externos: armas, emblemas, trofeos, signos de liderazgo, dominio o violencia. Cabrera toma esos elementos y los vuelve inestables. A veces ridículos. A veces ficticios. A veces demasiado brillantes como para ser solemnes. “Al convertir los emblemas de la virilidad en juguetes o elementos casi caricaturescos, expongo el absurdo del mandato constante de demostrar hombría”.

La obra de Cabrera aborda la masculinidad desde un campo cargado de contradicciones. Su potencia está en sostener esa tensión. En sus imágenes conviven el humor, el dolor, la ternura, la incomodidad y la resistencia. La serie trabaja desde una oscilación permanente entre la pose del “tipo duro” y la vulnerabilidad absoluta. “Esa oscilación revela la tensión agotadora del hombre contemporáneo: el esfuerzo por sostener una fachada de fortaleza frente a un cuerpo sensible y una identidad en conflicto. Es el actor en personaje y, al mismo tiempo, el actor detrás del telón”.

Esa frase permite leer con claridad el corazón del proyecto. Cabrera no busca simplemente destruir una imagen de masculinidad para reemplazarla por otra más aceptable. Lo que hace es mostrar el esfuerzo, el cansancio y el absurdo de sostener una identidad impuesta como si fuera natural. La masculinidad aparece como una escenografía que todavía está en pie, pero ya no puede ocultar sus costuras.

Cabrera reconoce influencias de artistas que han trabajado desde la autorrepresentación, la identidad mutable y el cuerpo como territorio simbólico. Menciona a Shen Wei, Juan Pablo Echeverri, Cindy Sherman y Claude Cahun, además de Marcos López, Gilberto Chen y Elina Brotherus. También señala la importancia de Julio Galán en el campo pictórico y de Pedro Almodóvar en el cine, especialmente por su manera de abordar el deseo, la identidad y la intensidad afectiva.

Estas referencias permiten ubicar su obra dentro de una tradición amplia de prácticas que entienden la identidad como construcción, desplazamiento y puesta en escena. Pero en Cabrera, esa tradición se cruza con una experiencia territorial, familiar y corporal específica. Su trabajo no imita esos linajes: los atraviesa desde su propia biografía, desde Veracruz, desde la homosexualidad, desde la violencia del machismo, desde la cultura visual popular y desde una sensibilidad que no teme mezclar dramatismo con humor.

“Me atraen las propuestas que utilizan el cuerpo no solo como imagen, sino como archivo, como territorio simbólico y político”, afirma. Esa definición podría funcionar también como una síntesis de su propia práctica. En sus autorretratos, el cuerpo archiva mandatos, heridas, deseos, vergüenzas, resistencias y gestos de liberación.

Mirarse sin obedecer

Más allá de la construcción visual, el proyecto tiene para Cabrera una dimensión muy personal. El autorretrato le ofrece un espacio de indagación íntima donde el cuerpo se convierte en soporte y lenguaje. Allí puede expresar emociones que, como él mismo señala, a veces las palabras no alcanzan a nombrar. Las imágenes funcionan como ventanas hacia su intimidad, pero también como etapas dentro de un proceso continuo de autodescubrimiento y aceptación.

Lo personal, en su obra, se vuelve una pregunta pública sobre las imposiciones sociales que regulan el cuerpo, la sexualidad y el placer. “Más que ofrecer respuestas, el proyecto abre preguntas. ¿Qué significa habitar un cuerpo atravesado por mandatos? ¿Cuánto de nuestra identidad es elección y cuánto es actuación?”.

En tiempos donde muchas imágenes buscan confirmar identidades estables, Cabrera trabaja en el terreno opuesto: el de la identidad como ensayo, fisura y transformación. Su obra no pide permiso para ser vulnerable. Tampoco pide permiso para ser incómoda. En cada fotografía, el artista se mira, se sostiene, se disfraza, se expone y se contradice. Allí encuentra una forma de libertad.

“De algún modo, este proyecto también es un ejercicio de liberación. Me permite confrontar las limitaciones mentales que han restringido mi autoexpresión y, sobre todo, perder el temor de mirarme a mí mismo con honestidad. En ese acto de mirarme y sostenerme frente a la cámara, encuentro una forma de abrazar mi propia existencia”.

La obra de Alex Cabrera insiste en una idea necesaria: el cuerpo no es solo un lugar donde se inscriben los mandatos, también puede ser el lugar donde esos mandatos empiezan a desarmarse. Y si la masculinidad fue una escena aprendida, sus autorretratos abren otra posibilidad: ensayar nuevas formas de presencia, incluso allí donde antes solo había silencio, vergüenza o vigilancia.


Alex Cabrera nació en Veracruz, México, en 1988. Es artista y fotógrafo. Estudió la Maestría en Fotografía y Estudios Visuales en el Centro ADM de la Ciudad de México. Su trabajo ha sido reconocido en PhotoVogue Panorama Latin America 2024, el Premio Identidad y Género 2025, Nuevos Talentos 2023 de POY LATAM, la XIV Bienal de Arte “Puebla de los Ángeles” 2023 y la XIX Bienal de Fotografía del Centro de la Imagen 2021.

ALEX CABRERA IG

MÁS SOBRE EL PROYECTO


Marina Cisneros

Director y Project Manager en Plataforma RARA. Profesional en gestión cultural y artes visuales, editora especializada en fotografía artística contemporánea y profesionalización de artistas visuales.

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