Fantasy Land: cuerpos que bailan contra el borramiento

En la serie de Andrea Vélez Ardila, quince danzas tradicionales de México, Colombia, Ecuador, Bolivia y Perú se convierten en archivos vivos de una memoria que atravesó la colonización, la evangelización y la migración. Entre fotografía, puesta en escena y postproducción, la artista toma elementos de la iconografía religiosa y los desplaza hacia cuerpos populares y comunitarios, construyendo una nueva política de la imagen.

El 12 de octubre de 2021, Andrea Vélez Ardila se encontraba en su departamento de Tirso de Molina, en Madrid. A pocos kilómetros, España celebraba el Día de la Hispanidad con el tradicional desfile militar por el Paseo de la Castellana. Desde su balcón, sin embargo, la artista colombiana comenzó a escuchar que algo distinto se aproximaba. Eran músicas, ritmos y agrupaciones de danza latinoamericanas avanzando por las calles con trajes bordados, máscaras y colores intensos. Mientras una parte de la ciudad conmemoraba la historia oficial, otra hacía visible una memoria que esa misma historia había intentado disciplinar, asimilar y, en muchos casos, borrar.

Andrea lo recuerda como “ese otro 12 de octubre que pocos conocen”. La coincidencia resulta decisiva para comprender Fantasy Land. El proyecto nace en la fricción entre dos desfiles que ocupan simultáneamente una misma ciudad y narran el pasado desde lugares profundamente diferentes. Uno despliega la solemnidad del Estado y su imaginario nacional y el otro activa memorias transmitidas mediante el cuerpo, la música, la vestimenta y el movimiento. Allí donde la historia oficial organiza fechas, monumentos y ceremonias, las comunidades migrantes hacen aparecer otras genealogías a través de la danza.

Andrea nació en Bogotá en 1992 y residía en Madrid. Conocía algunas tradiciones colombianas, aunque admite que ignoraba buena parte del universo cultural latinoamericano que la rodeaba. Aquella experiencia le reveló la enorme diversidad contenida bajo una categoría que solemos pronunciar como si fuera evidente. América Latina aparecía entonces como un territorio plural, atravesado por historias, lenguas, cosmovisiones, conflictos y formas de pertenencia imposibles de reducir a una identidad homogénea.

La artista comenzó a acercarse a asociaciones culturales latinoamericanas, conversar con sus referentes, asistir a ensayos e investigar la historia de las danzas. El trabajo se desarrolló a partir de entrevistas informales, intercambios y revisiones históricas. Durante ese proceso encontró una experiencia compartida por personas procedentes de diferentes países. Como explica, “las danzas eran una forma de sostener la memoria y el vínculo con el territorio”. En el contexto migratorio, bailar permitía actualizar una pertenencia y volverla transmisible.

© Andrea Vélez Ardila‍ ‍

El cuerpo como archivo vivo

Fantasy Land reúne representaciones de quince danzas tradicionales originarias de México, Colombia, Ecuador, Bolivia y Perú, muchas de ellas vinculadas con prácticas y cosmovisiones precoloniales. Andrea se aproxima a ellas como formas de conocimiento capaces de conservar relatos históricos, experiencias comunitarias y sistemas simbólicos.

Pensar la danza como archivo permite ampliar aquello que entendemos por documento. Un archivo puede estar formado por fotografías, cartas, expedientes y objetos, pero también puede alojarse en una secuencia de pasos, en la manera de utilizar una máscara, en la confección de un traje o en una música aprendida de generación en generación. Cada vez que una danza vuelve a ejecutarse, el pasado se activa desde las condiciones del presente.

Estas prácticas permanecen porque fueron transmitidas y porque, a lo largo de los siglos, supieron transformarse. Su continuidad nunca fue estática. Durante los procesos de colonización y evangelización, numerosos rituales indígenas fueron castigados, perseguidos o prohibidos. Para sobrevivir, debieron adaptarse a los códigos que el poder colonial consideraba aceptables, y fue cuando santos, vírgenes y festividades del calendario católico se superpusieron con creencias, ceremonias y temporalidades anteriores.

El sincretismo que surge de esos procesos suele presentarse como una mezcla armónica entre culturas. Esa lectura puede ocultar las relaciones desiguales y las violencias que hicieron necesaria la transformación. En Fantasy Land, la hibridación adquiere otro sentido. Aparece como una tecnología de supervivencia cultural, una forma de conservar sentidos dentro de las imágenes impuestas por la evangelización. Andrea encuentra allí una clave de la experiencia latinoamericana, “una identidad que se adapta, se reconfigura y resiste”.

Las danzas, por lo tanto, conservan la memoria de aquello que sobrevivió y también las marcas de las condiciones bajo las cuales tuvo que hacerlo. Cada traje contiene capas de tiempo. Cada celebración articula creencias, imposiciones, apropiaciones y desplazamientos. La tradición deja de ser una reliquia intacta y se presenta como una práctica que continúa negociando su existencia.

© Andrea Vélez Ardila‍ ‍

La serie toma elementos de la pintura religiosa barroca, las vidrieras y la iconografía católica. Buena parte de las figuras aparece rodeada por marcos que recuerdan vitrales, mientras los discos dorados ubicados detrás de las cabezas evocan halos, soles, eclipses y signos de consagración.

Según Andrea, esos círculos recuperan también los discos dorados presentes en la tradición grecorromana, donde podían señalar dignidad terrenal. El halo funciona entonces como una operación de reconocimiento. La artista extrae un recurso históricamente utilizado para distinguir figuras sagradas, monarcas o personajes excepcionales y lo coloca detrás de personas pertenecientes a comunidades populares y migrantes. “Aquí los cuerpos sagrados son cuerpos populares, migrantes, comunitarios”, afirma.

Ese desplazamiento modifica la jerarquía tradicional de la imagen. Los cuerpos que durante siglos fueron evangelizados, clasificados o convertidos en objetos de observación pasan a ocupar el lugar reservado a aquello que debe ser contemplado. La serie utiliza el lenguaje visual de la institución religiosa para consagrar aquello que esa misma institución buscó corregir.

Los marcos semejantes a vitrales intensifican esta inversión. Cada fotografía se aproxima a la forma de un altar portátil. La repetición del dispositivo construye una comunidad visual, aunque las posturas, los atuendos y las corporalidades preservan sus diferencias. Algunas figuras miran hacia afuera del encuadre; otras se presentan de perfil, sentadas o de espaldas. Esa variedad interrumpe la expectativa del retrato frontal y descriptivo. Los personajes conservan una zona de opacidad y evitan quedar reducidos a ejemplares de una categoría cultural.

El halo tampoco permanece idéntico. En algunas imágenes es dorado y compacto; en otras se vuelve oscuro, parece alejarse o aparece reducido a pequeños puntos de luz. En las composiciones de apariencia archivística, estos círculos irrumpen sobre el blanco y negro como señales de una presencia que se rehúsa a desaparecer. La repetición crea un vocabulario común, mientras sus variaciones impiden que el símbolo se convierta en una fórmula cerrada.

Del registro a la construcción de imaginario

Fantasy Land se sitúa deliberadamente entre la fotografía documental y la postfotografía. Andrea evita presentar las imágenes como documentos transparentes o testimonios neutrales. Cada retrato ha sido concebido mediante decisiones de iluminación, postura, fondo, color y postproducción. La artista lo expresa con claridad: la serie “no pretende ser un archivo neutral, sino una construcción consciente de imaginario”.

La postfotografía permite comprender la imagen como un montaje en el que conviven captura, archivo, intervención digital, escenificación y ficción. La fotografía continúa vinculada con cuerpos, trajes y prácticas existentes, mientras abandona la promesa de representar la realidad sin mediaciones. Lo documental y lo construido dejan de funcionar como términos opuestos.

Esta tensión aparece en toda la serie. Algunas imágenes se acercan al retrato de estudio, mientras otras recuperan fotografías de apariencia histórica e introducen sobre ellas cuerpos, colores y círculos dorados. En una composición horizontal, una misma figura aparece en tres momentos diferentes de su movimiento. La fotografía inmóvil se convierte en una secuencia y el cuerpo funciona como una partitura. En otras piezas, el paisaje, la escena comunitaria o el registro de una celebración amplían el proyecto más allá del retrato individual.

El color cumple una función narrativa decisiva. Rojos, azules y dorados saturados transforman la piel y separan a las figuras del naturalismo fotográfico. El color deja de describir y comienza a producir sentido. Los fondos planos, las superficies de apariencia textil y la trama visible de las imágenes refuerzan la cercanía con la estampa, la tela y el vitral. La fotografía se presenta como una superficie construida, atravesada por múltiples temporalidades.

Esta gramática visual recibe influencias de la pintura religiosa, la literatura latinoamericana y artistas que han discutido la relación entre fotografía y verdad. Andrea reconoce la importancia de Graciela Iturbide en su manera de pensar el retrato comunitario desde una dimensión simbólica y poética. También encuentra afinidades con Cristina de Middel y Joan Fontcuberta, cuyas obras exploran los límites entre documento y ficción. En el campo literario, Gabriel García Márquez y el realismo mágico le ofrecen un modo de hacer convivir lo extraordinario con lo cotidiano sin convertirlos en mundos separados.

El realismo mágico como estrategia crítica

El concepto de realismo mágico requiere cierta cautela. Utilizado como una explicación general de América Latina, puede convertirse en una etiqueta complaciente que presenta al continente como un territorio exótico, irracional o eternamente fantástico. Esa mirada tiende a satisfacer expectativas externas y puede encubrir las condiciones históricas concretas de aquello que muestra.

La potencia de Fantasy Land aparece cuando el realismo mágico funciona como un procedimiento visual y no como una esencia latinoamericana. La fantasía no reemplaza a la historia, sino que permite exponer las capas simbólicas que el registro documental convencional suele dejar fuera. Los halos, los colores irreales y los montajes no alejan a las figuras de su contexto. Hacen visible su dimensión política, espiritual y comunitaria.

El título puede leerse desde esa tensión. Fantasy Land parece anunciar un territorio imaginario, pero las imágenes están sostenidas por prácticas reales, cuerpos reales y memorias concretas. La fantasía reside en la posibilidad de reorganizar el orden visual heredado. En ese territorio construido por Andrea, los sujetos históricamente observados adquieren la autoridad de producir sus propias mitologías.

La imagen tampoco puede reparar por sí sola una historia de violencia. Puede, en cambio, alterar las jerarquías de la representación, construir reconocimiento y abrir preguntas sobre aquello que una sociedad considera digno de memoria. Esa diferencia resulta fundamental. La visibilidad adquiere sentido cuando está acompañada por contexto, escucha y relaciones responsables con las personas representadas.

Una identidad construida desde la distancia

Fantasy Land es también una indagación personal. Vivir fuera de Colombia llevó a Andrea a revisar aquello que entendía por pertenencia. El proyecto comenzó con el reconocimiento de un desconocimiento propio y convirtió esa distancia en curiosidad, investigación y diálogo.

La migración aparece entonces como una experiencia capaz de ampliar la identidad. La pertenencia nacional se abre hacia una conciencia latinoamericana construida en relación con otras comunidades. Los bailes que ocupaban las calles de Madrid permitían sostener vínculos con territorios ausentes y, simultáneamente, producir una nueva territorialidad en el lugar de llegada.


Andrea define la experiencia como un proceso de aprendizaje, reconciliación y expansión. Su recorrido resuena con el de las danzas que investiga. Ambas atraviesan desplazamientos, adaptaciones y transformaciones. Ambas construyen continuidad a partir del cambio. En palabras de la artista, quienes migran “aprendemos a hibridarnos sin dejar de ser”.

Tal vez allí se encuentre el gesto más profundo de Fantasy Land. La serie comprende la identidad como una práctica que se actualiza mediante el cuerpo, la imagen y la relación con los demás. Sus personajes no aparecen como vestigios de un pasado remoto. Son contemporáneos, habitan ciudades actuales y siguen produciendo memoria.

Al convertirlos en figuras centrales de una iconografía nueva, Andrea Vélez Ardila no intenta devolverlos a un origen intacto. Los sitúa dentro de una historia viva, marcada por la violencia, la adaptación, el desplazamiento y la capacidad de permanecer. En sus fotografías, bailar es recordar, pero también transformar lo recordado para que pueda seguir existiendo.

Sobre la artista

Andrea Vélez Ardila nació en Bogotá en 1992 y vive en Madrid. Es fotógrafa, artista visual y licenciada en Ciencias Políticas. Cuenta con un Máster en Fotografía Documental y Postproducción Audiovisual. Su práctica explora la memoria, la historia y el imaginario colectivo como espacios donde se construyen y transforman las identidades culturales. Desde una mirada atravesada por la migración, trabaja con fotografía y postfotografía para investigar las tensiones entre pertenencia y desplazamiento, visibilizar narrativas latinoamericanas marginadas y pensar la imagen como una herramienta de resignificación y construcción de memoria compartida.

IG ANDREA VELEZ ARDILA

Marina Cisneros

Director y Project Manager en Plataforma RARA. Profesional en gestión cultural y artes visuales, editora especializada en fotografía artística contemporánea y profesionalización de artistas visuales.

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