Deseo, culpa y fantasía en la obra de Juan Ruge

En Los Monaguillos No Saben Nadar, Juan construye una ficción fotográfica en la que un monaguillo y un nadador encarnan dos maneras aparentemente opuestas de relacionarse con el cuerpo y el deseo. Entre capillas, piscinas, bosques, habitaciones y lagos, la serie cruza imaginarios católicos, romanticismo, fantasía medieval, cultura pop e historia del arte para explorar las tensiones entre masculinidad y feminidad, culpa y placer, castigo y salvación. Una historia personal que utiliza la puesta en escena para preguntarse de qué imágenes aprendimos a amar, a desear y también a juzgarnos.

© Juan Ruge

Los Monaguillos No Saben Nadar comenzó con una frase. Juan Ruge recuerda que, durante una conversación con una amiga, contó que cuando era niño había querido ser monaguillo. Creció en una familia católica y asistía a misa casi todos los domingos. Lo fascinaba la teatralidad de la iglesia, los vestidos de encaje, el humo del incienso, los rituales, la solemnidad de aquellos niños que participaban de la ceremonia. Él quería ser uno de ellos. Sin embargo, sus padres eligieron enviarlo a clases de natación. Entonces su amiga respondió: “Pero eso es mejor, porque los monaguillos no saben nadar”. La frase quedó dando vueltas hasta convertirse en el título y, después, en la primera puerta hacia una historia.

Juan comenzó a imaginar el encuentro entre dos personajes, por un lado un monaguillo angelical y por otro, un nadador narcisista. Dos figuras construidas desde códigos aparentemente antagónicos. El primero atravesado por el puritanismo, la obediencia, la castidad y la moral católica; el segundo asociado al deporte, la masculinidad, la exhibición del cuerpo y una sexualidad aparentemente liberada. Sin embargo, en Los Monaguillos No Saben Nadar las oposiciones nunca permanecen intactas demasiado tiempo. El monaguillo desea y el nadador también puede ser vulnerable. La inocencia convive con el erotismo, la masculinidad se vuelve materia de contemplación y la religiosidad puede ser deseo, culpa, belleza, y fantasía simultáneamente.

Es precisamente ahí donde el proyecto adquiere profundidad. Juan no utiliza estos personajes para dividir el mundo entre represión y libertad. El nadador, en apariencia contraparte del monaguillo, también encarna otro tipo de mandato, y es el cuerpo masculino disciplinado, entrenado, optimizado y convertido en objeto de consumo. Si el monaguillo carga con una moral que vigila el deseo, el nadador parece cargar con otra exigencia contemporánea, la de producir un cuerpo deseable. Entre ambos aparece el lago, un espacio apartado de las instituciones que inicialmente los definen, como la iglesia y la piscina, y donde los personajes pueden encontrarse, jugar, tocarse y explorar aquello que son.

© Juan Ruge

El cuerpo como territorio de disputa

Juan Ruge vive y produce su obra en Colombia, un territorio muy atravesado por la tradición católica. Para él, esa herencia cultural no constituye simplemente algo exterior que pueda señalarse o rechazarse, sino que forma parte de su propia historia. Como persona con una identidad sexual y de género diversa, el artista reconoce que muchas de sus preguntas alrededor del cuerpo, la desnudez, el sexo, el amor, la feminidad, la masculinidad, la culpa, el castigo e incluso la muerte se encuentran atravesadas por aquella formación religiosa.

Por eso, su aproximación no pretende constituirse como una denuncia lineal contra el catolicismo. “Para mí la religión católica sería un espacio de disputa, desde el que todavía se producen identidades y discursos culturalmente relevantes”, explica. La palabra disputa resulta importante porque Juan no abandona esos símbolos, sino que vuelve sobre ellos; los toma, los desplaza y los incorpora dentro de otra narrativa. La capilla, los vitrales, las velas, los encajes, el cáliz, el agua bautismal, la imagen del santo y la figura del sacrificio permanecen presentes, pero comienzan a significar otras cosas cuando el cuerpo queer ocupa el centro de la escena.

Hay algo ceremonial y simultáneamente doméstico en esas fotografías, y es que la solemnidad y fragilidad conviven dentro del mismo cuerpo. El vestuario, inspirado en diseños de Simone Rocha, es fundamental para esta operación. La figura religiosa comienza a mezcalrse con códigos asociados tradicionalmente a la feminidad y aquello que podría ser leído como inocencia también puede convertirse en sensualidad. La imagen deja entonces de confirmar una identidad para comenzar a abrirla.

© Juan Ruge

¿Puede el amor salvarnos?

Debajo de la belleza de las imágenes existe, sin embargo, una zona bastante más oscura. Los Monaguillos No Saben Nadar también interroga una fantasía muy antigua y es la idea de que el amor puede salvarnos. El deseo que el monaguillo siente por el nadador genera culpa y necesidad de castigo, y esa tensión deriva progresivamente hacia fantasías de muerte, sacrificio y autodestrucción. Al mismo tiempo, el nadador comienza a adoptar la apariencia de distintas figuras salvadoras; puede ser San Sebastián, un caballero medieval o incluso Cristo.

El deseo se vuelve entonces inseparable de una iconografía del martirio. La referencia a San Sebastián resulta especialmente significativa. Santo patrono de los atletas y figura histórica de la iconografía cristiana, su cuerpo atravesado por flechas fue posteriormente reapropiado dentro de diferentes imaginarios homosexuales. En las fotografías de Juan, esas capas históricas se superponen y la herida puede ser religiosa, erótica y emocional al mismo tiempo.

El proyecto lleva este juego todavía más lejos al construir escenas explícitamente vinculadas con imágenes emblemáticas de la historia del arte, como La muerte de Marat de Jacques-Louis David, el mito visual de Ofelia o el Narciso de Caravaggio. Personalmente, la elección de Ofelia me resulta particularmente reveladora. Juan encuentra en ella una contradicción que atraviesa también a su monaguillo y es la figura obediente y delicada que termina arrastrada hacia la muerte por las fuerzas del amor. En una de las imágenes más poderosas de la serie, el cuerpo del monaguillo aparece flotando entre plantas y flores; el rojo vuelve a aparecer alrededor de su cuello mientras el agua transforma la escena en una imagen simultáneamente hermosa e inquietante. No sabemos exactamente si estamos observando una muerte, una fantasía, una entrega o una transformación, y Ruge preserva deliberadamente esa incertidumbre.

© Juan Ruge

Fotografiar una historia que nunca ocurrió

Antes de decidirse por la fotografía, Juan Ruge consideró escribir un cuento, producir un video e incluso desarrollar la historia mediante pintura. Finalmente comprendió que aquello que más le interesaba de sus personajes era precisamente lo que podía construirse sin palabras. “No me interesaba que estos personajes tuvieran una voz, sino que fueran definidos y juzgados a partir de su estética y las situaciones en las que eran presentados”, explica. La fotografía le permitía además conservar una relación cercana con el cine y desarrollar el tono literario que buscaba.

Pero había otra razón. Juan trabaja desde hace tiempo en una zona ambigua entre documento y ficción. La fotografía arrastra consigo una promesa de realidad: aquello que vemos estuvo, de alguna manera, delante de una cámara. El artista utiliza precisamente esa condición para construir algo que parece provenir de la imaginación. La serie nació visualmente a finales de 2023 con los primeros mood boards, que fueron fundamentales para definir la apariencia de los personajes, las situaciones y las locaciones.

En 2024, el proyecto obtuvo una Beca de Creación Artística en Artes Plásticas y Visuales del Ministerio de Cultura de Colombia. Ese apoyo permitió ampliar considerablemente la escala de producción y conformar un equipo integrado por Mateo Galvis en producción, Martina Jackman como asistente de producción, Laura Peña Álvarez en dirección de arte y Felipe Lozano como fotógrafo. Los dos personajes centrales fueron interpretados por el propio Juan Ruge, en el papel del monaguillo, y por Simón Espejo, en el del nadador. Durante dos meses trabajaron en la preproducción, gestionando locaciones, reuniendo objetos, diseñando vestuarios y definiendo escenas. Cada núcleo de la historia tuvo su propio mood board, desde el monaguillo en la capilla, su habitación y el nadador en la piscina, hasta las escenas de fantasía medieval que internamente llamaban “Excalibur”.

Debido a los tiempos establecidos por la beca, todas las imágenes debían producirse durante aproximadamente dos semanas, por lo que el trabajo comenzó a adquirir una dinámica cercana a un rodaje cinematográfico. Fue la primera vez que Juan dirigió un proyecto de esa escala. Incluso la música formó parte del proceso; durante las sesiones escuchaban una playlist construida específicamente para la serie, que funcionaba como una herramienta para sostener emocionalmente el universo que intentaban materializar.

© Juan Ruge

Por un momento fue real

Hay algo especialmente conmovedor en la descripción que Juan hace del proceso: “Es difícil de explicar qué se siente cuando ves que ese universo tan personal se materializa en la realidad y comienzas a habitar esa fantasía, a la vez que estás tratando de capturarla”. La frase permite regresar a una de las paradojas centrales de la fotografía, y es que sabemos que estamos frente a una ficción. Sabemos que hubo vestuario, dirección de arte, producción, referencias, planificación y personajes. Sin embargo, frente a la cámara y durante algunos segundos, todas esas cosas existieron.

Hubo un monaguillo parado delante de un altar, un nadador flotando en una piscina, dos cuerpos entrando en un lago, un picnic imposible, un santo atravesado, un rescate y una Ofelia. La fotografía conserva esas pequeñas pruebas de una realidad inventada. Quizá allí aparezca una de las mayores potencias de Los Monaguillos No Saben Nadar; utilizar un dispositivo históricamente vinculado con el registro de lo real para construir un espacio donde una identidad pueda imaginarse de otra manera.

Representar puede convertirse así en una forma de ensayo; de ensayar otros cuerpos, otros afectos, otros relatos y otros finales. La serie de Juan Ruge intenta mantener las contradicciones entre religión y deseo, masculinidad y feminidad, pureza y erotismo, fantasía y realidad, juntas dentro de la imagen. Y en ese gesto aparece el tinte contemporáneo. Tal vez no se trate necesariamente de abandonar las imágenes que heredamos, sino de entrar nuevamente en ellas, cambiar los cuerpos que las ocupan, desplazar sus símbolos, modificar el argumento y preguntarnos qué podría ocurrir si, esta vez, quienes durante tanto tiempo permanecieron fuera de esos relatos pudieran también inventar su propia historia.

Sobre Juan Ruge

Juan Ruge es artista y escritor. Es graduado de Artes Plásticas y Visuales de la Facultad de Artes —ASAB de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas y realizó estudios en Bellas Artes en la Universidad de Granada, España. Ha recibido diferentes becas y estímulos locales y nacionales. Su trabajo integró, entre otras exposiciones, el Premio Arte Joven 2017, el III Festival de Video Arte Faenza, el XV Premio Arte Joven de la Galería Santa Fe y Movimientos Planetarios, Mundos Posibles en Artecámara, ARTBO 2023. Su obra también ha sido presentada en México, España y Filipinas.

Sus textos y fotografías han aparecido en publicaciones como VICE en Español, a través del blog Nadie me odia más que yo; la revista independiente TRAMPA y el cuadernillo DIEZ 10: COMPARTIR LA VIDA, de IDARTES y Revista Arcadia. Su práctica atraviesa fotografía, video y escritura para explorar estados emocionales, vínculos afectivos, identidad y vulnerabilidad, construyendo escenas donde lo íntimo dialoga con la literatura, el cine, la música y la cultura visual contemporánea.

IG JUAN RUGE

Marina Cisneros

Director y Project Manager en Plataforma RARA. Profesional en gestión cultural y artes visuales, editora especializada en fotografía artística contemporánea y profesionalización de artistas visuales.

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