Mi Perro Soy Yo, de Valeria Sestua
Esta serie fotográfica de la artista argentina Valeria Sestua nace de un deseo radical: querer ser un perro. A través de imágenes analógicas concebidas en paralelo con textos poéticos, Sestua construye la vida imaginada de un perro negro y lobuno, solitario y nómada. El resultado es un álbum íntimo de una existencia que nunca ocurrió pero que podría haber ocurrido, un proyecto que cuestiona la noción de realidad fotográfica y muestra cómo el deseo puede convertirse en imagen y, de algún modo, en verdad.
© Valeria Sestua
Un perro que siempre quiso existir, no pide permiso
Toda la vida quiso ser un perro. No como una metáfora amable ni como un juego infantil, sino como una forma posible de estar en el mundo. Un perro negro, con mucho de lobo, más cercano a la intemperie que a la domesticación. Un cuerpo sin jerarquías, sin nombre fijo, que va y vuelve solo. Un animal que habita el borde: entre lo salvaje y lo doméstico, entre la pertenencia y la fuga. Es la premisa que inspira a la fotógrafa y docente Valeria Sestua, quien decidió construir un álbum de fotos del perro que quisiera ser para que, de alguna manera, ese perro exista. “Muchas veces me encontré diciendo ‘cómo quisiera ser un perro’”, confiesa Sestua en la génesis del proyecto.
De ese deseo persistente nace esta serie fotográfica. La idea aparece con una lógica simple y radical a la vez: si existe un álbum de fotos del perro que quisiera ser, entonces el perro existe. Las imágenes funcionan como documentos de una vida que no ocurrió, pero que podría haber ocurrido. Una biografía visual construida con la seriedad de un archivo familiar, donde cada escena confirma la continuidad de una existencia imaginada. Las fotografías se concibieron en paralelo con un texto en el que la autora describe al animal que habita en su imaginación: “Toda la vida quise ser un perro. Sigo deseándolo. Y sé que ya no lo seré nunca, jamás. Un perro negro, con mucho de lobo. Más callejero que domesticado… Yo quiero ser de esos que tienen muchos dueños y nombres, y a la vez ninguno. Que salen solos, que vuelven solos. Un perro, no una perra… Ese perro lobo jamás existió, pero sí sus fotos. El álbum de su vida”. Estas palabras dialogan con las imágenes y revelan la íntima relación entre el deseo y la construcción visual.
El proyecto no se apoya en un concepto cerrado, sino en una experiencia sostenida en el tiempo. Texto e imagen avanzan juntos, se contaminan, se retroalimentan. El perro no aparece como un personaje estable ni como un disfraz, sino como una presencia intermitente. A veces es una figura reconocible; otras, apenas una mancha negra que se traga la luz. Habita interiores, entre camas, sillones, alfombras y también el campo, el bosque, la montaña, el mar. Como cualquier vida, la suya se despliega por territorios, vínculos y estados.
© Valeria Sestua
En este proyecto, la fotografía se asume como una herramienta de construcción de ficción. La imagen nace del imaginario y del deseo de ser, como una operación concreta: imaginar, encarnar, producir imagen. La cámara funciona como un umbral donde una identidad posible toma forma visual, adquiere densidad y la fotografía viene a ensayar un mundo, su mundo. Aquí el deseo se convierte en imagen y la imagen, a su vez, engendra una verdad. La serie muestra cómo un anhelo puede encarnar en una fotografía al punto de hacer existir aquello que sólo vivía en la mente. Como ha dicho la propia Sestua sobre su proceso creativo, no piensa sus proyectos como obras artísticas en sentido estricto, sino como respuestas a una necesidad que viene desde otro lugar, donde la fotografía aparece mucho después de la idea. Esa declaración ilumina la relación estrecha entre deseo e imagen en esta serie.
El proyecto se va construyendo a partir de procedimientos históricamente asociados a la verdad fotográfica, desde el uso de cámara analógica, formato medio, película, mínima postproducción, no para reafirmar la fotografía como prueba de lo real, sino para poner en tensión ese valor y desplazarlo hacia el terreno de la ficción. Cada imagen actúa como una escena necesaria para que esa vida perruna pueda existir dentro del campo de lo visible. La ficción no se opone a la verdad: se produce con sus mismas herramientas, tensando sus límites. La autenticidad técnica convive con la falsedad conceptual, amplificando la idea de que la fotografía no está obligada a decir la verdad, sino a crearla.
El blanco y negro refuerza esta ambigüedad. El perro es tan negro que a veces no se ve del todo. El cuerpo se vuelve volumen, textura, sombra. Hay algo de agujero negro en estas imágenes: zonas donde la mirada no termina de entrar, donde la información se pierde. Y sin embargo, creemos. La fotografía conserva aquí su potencia como acto creador, más que como evidencia.
El deseo organiza la imagen. No se trata de representar una fantasía, sino de darle cuerpo, de producir un archivo de una existencia imaginada con la misma seriedad con la que se construye un álbum familiar. La fotografía se vuelve un espacio legítimo para el devenir: un lugar donde la identidad puede desplazarse, mutar y sostenerse en el tiempo. Esta vida imaginada no pretende engañar a las espectadoras; nos recuerda que aquello que vemos puede ser el resultado de un deseo compartido entre autora y público, un pacto de credibilidad donde la verdad se alimenta de la ficción. La vida del perro lobo (que nunca existió, salvo en las fotos) es un recordatorio de que las imágenes nacen del deseo y construyen su propia verdad.
El proceso creativo también rompe con la idea de autoría cerrada. La artista no dispara la cámara. Elige encuadres, encarna al perro, pero delega la toma en otras miradas: colegas fotógrafas, amigas, incluso su propio hijo. La colaboración aparece como necesidad práctica y como decisión conceptual. No importa quién hace la foto; importa que el trabajo exista. El álbum se vuelve colectivo, como lo son muchas memorias.
© Valeria Sestua
Hay en esta serie una dimensión claramente performática. El cuerpo se ofrece como soporte de la ficción sin buscar una ilusión total. La artista sabe que no es un perro. No se siente uno durante la toma. Y, sin embargo, a veces sucede el acto mágico: el perro aparece. Por un instante. En una imagen. Y eso alcanza. El perro que quiso existir no pide permiso. Se cuela en la realidad, ocupa un lugar que no le corresponde y nos obliga a reconsiderar qué es “real” en la fotografía.
El perro que quiso existir no busca explicarse del todo. Vive en las imágenes, en el texto, en ese espacio donde la ficción se vuelve creíble y la verdad se vuelve compleja. Ahí, donde la fotografía deja de ser prueba y se convierte en acontecimiento, la imagen vuelve a tener algo urgente para decir: que el deseo puede engendrar realidades y que toda imagen verdadera es, en el fondo, una ficción revelada.
Valeria Sestua es fotógrafa y docente. Se formó como fotógrafa en el Instituto de Arte Fotográfico de Avellaneda (IMDAFTA) en 1998 y complementó su formación en talleres coordinados por Carlos Bosch, Julieta Escardó y Lorena Fernández. En 2009 comenzó a dictar talleres vinculados a la fotografía y la escritura, experiencia que cristalizó en su rol de coordinadora en Proyecto Imaginario, y docente en Plataforma RARA.

